Este mes cumplimos 18 años y todavía me cuesta creerlo. Bodas Huatulco cumple 18 años, pero hay otra historia que cumple exactamente la misma edad: Amaury y yo también celebramos 18 años de casados.
Y no, no es coincidencia.
Porque Bodas Huatulco nació precisamente mientras organizábamos nuestra propia boda.
Así que hoy quiero contarles la historia completa. No la versión bonita de “organizamos nuestra boda y de ahí nació la empresa”, sino todo lo que realmente pasó: las decisiones, el estrés, las anécdotas, las cosas que salieron mal, las que milagrosamente salieron bien y aquella pregunta que terminé haciéndome en medio de la planeación y que cambió nuestra vida.
Porque, viendo hacia atrás, nuestra boda no solamente fue el comienzo de nuestro matrimonio. También fue el comienzo de Bodas Huatulco.
Y ahora sí… aquí viene la historia.
Antes de la boda… ya organizábamos fiestas
Amau y yo nos conocimos en la universidad. Fuimos novios desde tercer semestre, aunque en ese momento la vida nos llevó por caminos diferentes y nuestra relación no funcionó como pareja.


Lo curioso es que nunca dejamos de estar presentes el uno para el otro. Seguimos siendo amigos, de esos que se cuentan todo, que se acompañan y que saben que pueden contar con el otro pase lo que pase.
Cuando llegó la graduación, nuestro grupo era pequeño. Si no mal recuerdo, éramos 28 los que nos graduábamos, pero solo 8 queríamos hacer fiesta. Nuestra justificación era muy noble: “hay que hacer una fiesta para nuestros papás, por todo el esfuerzo que hicieron para que llegáramos hasta aquí.”

Así que empezamos a organizarla. La idea inicial era hacer algo para unas 150 personas. Terminamos con una fiesta de casi 300. Porque claro… cuando todo ya estaba decidido, organizado y encaminado, los demás también quisieron sumarse.
Y sin saberlo, esa fue una de las primeras veces que Amaury y yo organizamos algo grande juntos.
Y después llegó el hotel
Cuando terminamos la universidad, a mis papás se les presentó la oportunidad de comprar un edificio y convertirlo en hotel. Recuerdo que le dije a Amau: “¿Por qué no te quedas y me ayudas a levantar esto?” Él me respondió: “Sí, pero en un año me voy.” Y yo, feliz, le dije que claro.
El hotel se concretó y, casi sin darnos cuenta, empezamos a trabajar juntos en un proyecto completamente nuevo para nosotros. En medio de todo eso, mi hermana decidió casarse… y claro, terminé organizando su boda.
La verdad es que fue una boda muy linda y, aunque en ese momento todavía no lo sabía, organizarla fue otra de esas experiencias que poco a poco me iban acercando al mundo de las bodas.
Cuando terminó la boda de mi hermana, recuerdo que le dije a mi papá: “Oye, me voy a ir a estudiar una maestría.” Y también le dije que Amau se iba conmigo. Mi papá me respondió: “Bien, pero te casas antes de irte.” Y obviamente le dije que no, jajaja. Yo quería vivir esa experiencia de estudiar fuera, viajar, conocer otro país y hacerlo sin sentir que estaba empezando una etapa de matrimonio al mismo tiempo.

Así que nos fuimos a España a estudiar la maestría. Fue en 2006 y, sinceramente, fue una de las mejores experiencias de nuestra vida. Vivimos muchísimo, aprendimos, viajamos, conocimos personas de diferentes países y compartimos una etapa que terminó por acercarnos todavía más.



Regresamos a México al año siguiente y fue entonces cuando dijimos: “Nos vamos a casar.”
Ahí empezó oficialmente la planeación de nuestra boda.
Dos fiestas para una misma historia
Amau es de Juchitán, donde las celebraciones tienen una identidad muy fuerte: el traje istmeño, la música, las costumbres y, por supuesto, fiestas enormes. Así que cuando empezamos a planear nuestra boda apareció una de las primeras decisiones importantes: yo imaginaba un estilo de celebración y él y su familia imaginaba otro.
Para no frustrar a nadie —y también porque los dos queríamos honrar nuestras raíces— decidimos hacer dos fiestas. La primera tendría el estilo que yo quería, con todos vestidos de blanco; y la segunda estaría dedicada a las tradiciones del Istmo, con trajes regionales, música y todo lo que representaba también la historia y la familia de Amau.
Regresamos de España en agosto, en diciembre Amau me propuso matrimonio en San Cristóbal de las Casas y en enero enviamos el Save the Date. Elegimos agosto para que nuestros amigos de la maestría pudieran venir aprovechando sus vacaciones, y ahí sí empezó la planeación de verdad.
A partir de ahí empezamos a tomar decisiones mucho más concretas: dónde sería la celebración, cuántas personas realmente cabían y qué tipo de experiencia queríamos crear.
Recuerdo que me gustaba mucho una playa donde estaba el Club de Playa Conejos. En ese momento no operaba como tal, pero tenía una explanada que me encantaba y yo podía imaginar perfectamente la boda ahí. El problema era que nuestra celebración terminó creciendo hasta llegar a unas 280 personas. Y sí, limitamos invitados de nuestros papás porque, si no, estamos seguros de que se nos iba al doble.
Cuando empecé a trabajar el itinerario y la logística, también comenzaron las diferencias entre lo que los proveedores me recomendaban y lo que yo realmente quería. El catering, por ejemplo, proponía ciertas formas de hacer las cosas que a mí no terminaban de convencerme, así que empecé a explicar con más claridad cómo imaginaba cada momento.
La verdad es que los dos venimos de familias muy fiesteras, así que pensar en tiempos, comida, música y cómo se iba a vivir la celebración era algo bastante natural para nosotros. Lo difícil era lograr que todos los proveedores entendieran la misma visión y trabajaran coordinados para hacerla realidad.
La historia de Bodas Huatulco comenzó con nuestra propia boda
Fue más o menos en febrero cuando recuerdo haberle dicho a Amau algo que, en ese momento, salió casi como una reflexión:
“¿Qué hace una novia que viene de fuera si yo conozco a todo el mundo en Huatulco y aun así me está costando trabajo poner de acuerdo al músico, al banquetero, al florista y a todos los demás?”
Ahí empecé a ver nuestra boda de otra manera. Nosotros conocíamos el destino, teníamos experiencia en turismo, sabíamos movernos en Huatulco y aun así coordinar a todos para que trabajaran hacia una misma idea estaba siendo complicado.
Entonces pensé en una pareja que vive en otra ciudad o en otro país, que no conoce a nadie, que quizá ni siquiera habla español y que además tiene que tomar decisiones sobre proveedores, locaciones, hospedaje, transportación, decoración, música, banquete y todo lo que implica traer a familiares y amigos a una boda destino.
Y ahí se me ocurrió:
“Voy a poner una empresa de bodas.”
Recuerdo perfecto la reacción de Amau. Me miró y me dijo algo así como:
“Ay, Marce… yo te apoyo, pero tú pon tu empresa y yo voy a poner lo que nos va a mantener.”
Así que mientras yo empezaba a imaginar Bodas Huatulco, también compramos una camioneta para hacer tours.
Y sin saberlo todavía, en medio de la planeación de nuestra propia boda, acabábamos de empezar otro proyecto juntos.
Me puse manos a la obra. Para abril ya tenía plan de negocios, logo y, como buena marketera, prácticamente todo armado… aunque todavía fuera en papel. En mayo pasó algo que para mí marcó oficialmente el nacimiento de Bodas Huatulco: la empresa apareció publicada en una revista.
Y todo esto estaba sucediendo mientras nosotros seguíamos organizando nuestra propia boda. Lo más curioso es que empezamos a recibir personas interesadas antes de que mi boda sucediera. Técnicamente, nuestra boda iba a ser la primera… claro que mis clientes no lo sabían.
Recuerdo perfecto que una novia me preguntó: “Oye, ¿y podré ir a la boda de agosto que me cuentas?” Y yo pensé: no que crees… específicamente esa novia es muy complicada.
Era yo.
Queríamos que nuestros invitados vivieran Huatulco
Como venían amigos de España, Colombia, República Dominicana y diferentes partes de México, yo quería que además de venir a nuestra boda conocieran Huatulco. Así que armamos todo un plan alrededor de la celebración: el miércoles llegaban los invitados, el jueves salíamos a un tour por las bahías, el viernes nos casábamos por la iglesia y el sábado sería la celebración civil.
La idea era que no vinieran solamente a una boda, sino que vivieran el destino con nosotros. En ese momento no lo pensaba así, pero hoy me doy cuenta de que ya estábamos creando algo muy parecido a lo que ahora hacemos con muchas parejas: convertir una boda destino en una experiencia completa para todos los invitados.
Y justo cuando ya faltaba muy poco para que empezara todo… comenzó a llover.
Una semana antes de la boda empezó la lluvia y recuerdo que yo lloré muchísimo. Mi papá tenía una obra en ese momento y mi cuñado Hugo trabajaba con él, así que fuimos a verlo a su oficina. Yo vi a Hugo, lo abracé y me puse a llorar mientras Amau estaba junto a nosotros.
Mi papá salió, vio la escena y preguntó alarmado:
“¿Qué le hicieron a mi hija?”
Amau, nervioso, le contestó:
“No, señor Ramón… es que está llorando porque dice que va a llover.”
Y mi papá, con una tranquilidad absoluta, me dijo:
“No, hija, mejor que llueva ahorita y así el día de la boda no va a llover.”
Como si él pudiera controlar el clima, jajaja.
Pero en ese momento… yo le creí.
Después de que mi papá me convenciera de que “era mejor que lloviera antes”, fuimos a ver el lugar. Y ahí apareció otro detalle que no habíamos contemplado: la marea estaba alta.
Nuestra boda iba a ser en playa y teníamos alrededor de 280 invitados, así que con el espacio disponible simplemente no cabíamos como lo habíamos imaginado. La solución fue construir un templete para poder albergar a todos. Y claro, como era playa, no podían entrar máquinas. Todo tenía que hacerse prácticamente a mano.
Ese fue otro momento en el que entendí algo que después se volvería parte de nuestro trabajo diario: en una boda destino no basta con tener una idea bonita. Hay que entender el lugar, el terreno, los tiempos, las condiciones del mar y cómo adaptar todo para que realmente funcione.
Además, la playa no tenía luz ni una cocina equipada. Había que llevar absolutamente todo: iluminación, mobiliario, equipo, alimentos, utensilios… todo.
Y todavía ni siquiera había llegado el día de la boda.
Por fin llegó la semana
El miércoles comenzaron a llegar nuestros invitados y, en algún momento del día, volvió a llover. Recuerdo pensar: “No puede ser…”. Algunos amigos que ya estaban en Huatulco me decían: “No te preocupes, si llueve nos mojamos.” Y claro, eso suena muy bonito cuando todavía no estás debajo de la lluvia, jajaja.
El jueves salimos al tour por las bahías como lo habíamos planeado. Al final nos llovió un poco, pero nada grave. Seguíamos disfrutando, enseñándoles Huatulco a nuestros amigos y tratando de no pensar demasiado en el clima del día siguiente.
Y entonces, como por arte de magia, el viernes amaneció completamente soleado.
Después de tantos días viendo nubes y lluvia, no saben el alivio que sentí. Ahora sí pensé:
“Ya está. Hoy nos casamos.”
Y fue justo ahí cuando empezó otro tipo de caos… el del día de la boda.
La boda es de dos… aunque a veces nadie piense en el novio
Recuerdo que mi mamá estaba nerviosísima. Ella quería tener todo listo, que no nos faltara nada y que ese día no tuviéramos que preocuparnos por absolutamente nada.
Pero había algo en lo que, sinceramente, nadie había pensado: el novio.
Y eso que la boda es de dos personas, no solo de la novia, jajaja.
En el hotel había 31 baños… y Amaury no tenía dónde bañarse.
Sí. Con 31 baños disponibles, el novio terminó yendo de habitación en habitación preguntando si lo dejaban entrar a bañarse, porque todos estaban ocupados por nuestros invitados.
Obviamente yo no supe nada de esto ese día. Me enteré después. Hoy me da muchísima risa, pero también me recuerda algo muy real: por más que planees una boda durante meses, siempre hay detalles que nadie imagina hasta que llega el momento.
Mientras yo me estaba arreglando, me llamó el chef y me dijo: “Licenciada, ¿qué cree? No voy a montar las mesas porque hay probabilidad de lluvia y mi mobiliario no se moja.”
Imagínense mi cara. Yo ya estaba arreglándome para casarme y, de pronto, me estaban diciendo que quizá no iban a montar la recepción. Le hablé a Amau, le pedí que fuera con mi papá a ver qué podíamos hacer y, al rato, regresó súper tranquilo y simplemente me dijo:
“Ya quedó.”
Y yo pensé: bueno… supongo que ya quedó.
Ahora que lo escribo y lo recuerdo, me da muchísima risa, pero también entendí algo que después se volvería parte de nuestro trabajo: muchas veces lo que una pareja necesita no es conocer cada problema, sino saber que alguien ya lo está resolviendo.

El coche, la iglesia… y una llanta ponchada
Nos fuimos a la iglesia en un auto antiguo que era de un compadre de mi papá. Todo muy bonito… hasta que nos dimos cuenta de que nadie había pensado quién lo iba a manejar.
Como era descapotable y pequeño, necesitábamos a alguien que cupiera bien y pudiera manejarlo sin problema. Al final, un amigo español, David, terminó siendo nuestro chofer improvisado.
Llegamos a la iglesia, nos casamos y, a la salida, regresamos en el mismo coche. El fotógrafo nos dijo que nos veía en el mirador para hacer unas fotos, mientras todos los invitados se iban directo a la recepción.
Y entonces pasó otra cosa que, por supuesto, tampoco estaba en el itinerario: se nos ponchó una llanta.
Íbamos Amau, David y yo… y ninguno llevaba celular.
Así que ahí estábamos, recién casados, vestidos para la boda, detenidos en medio del camino esperando que alguien se diera cuenta de que faltábamos. Finalmente el fotógrafo nos encontró y pudimos seguir.
Por cierto, el fotógrafo había sido un regalo de uno de nuestros padrinos y yo no conocía realmente su trabajo, lo cual también me tenía un poco nerviosa. Pero terminó siendo un fotógrafo excelente: supo captar momentos muy naturales, nos hizo sentir cómodos y logró imágenes que todavía hoy siguen siendo parte de nuestros recuerdos favoritos de ese día.
Javier Martínez hizo un trabajo tan bueno que años después terminó acompañándonos también en varias bodas de Bodas Huatulco.
Llegamos a la recepción… y faltaban lugares para 46 personas
Cuando por fin logramos llegar a la recepción ya llevábamos como media hora de retraso. Yo todavía quería hacer fotos con las dos familias y algunas fotos grupales, así que tratamos de aprovechar el tiempo lo mejor posible.
Recuerdo que un amigo muy querido, Antonio Urbán —que en paz descanse—, era mi diseñador floral y se había ofrecido a ayudarme con la asignación de mesas. En algún momento se acercó y me dijo:
“Amiga, ya está listo, empiezo a dar entrada a la gente.”
Me acerqué a las mesas y, no sé por qué, se me ocurrió contar las sillas de la primera: había ocho. Le dije: “Amigo, aquí faltan dos lugares.” Volteé a la siguiente mesa y también había ocho. Otra más… ocho.

Todas las mesas habían sido montadas para ocho personas cuando nuestra distribución estaba hecha para diez.
O sea, de pronto teníamos alrededor de 46 invitados sin su lugar.
En ese momento empezó la operación exprés: meter sillas, completar el plaqué y acomodar todo antes de que entraran los invitados. Y, dentro de todo, hubo algo bueno: mientras ellos resolvían, a nosotros nos dio tiempo de terminar las fotos familiares que queríamos hacer.
Ahora que lo escribo suena caótico, jajaja, y probablemente sí lo era, pero la verdad es que nosotros no lo vivimos así. Para nosotros fue simplemente:
“Bueno, ahorita se soluciona.”
Yo ya había decidido que ese día iba a disfrutar mi boda y que no iba a permitir que cada imprevisto me afectara. Habíamos trabajado muchísimo para llegar hasta ahí y, pasara lo que pasara detrás, yo quería estar presente y disfrutarlo.
Y después de todo… simplemente disfrutamos
La verdad es que, cuando lo cuento así, parece que todo fue una sucesión de problemas, pero sinceramente nuestra boda fue increíble. No llovió, la disfrutamos muchísimo y, una vez que empezó la celebración, todo lo demás dejó de importar.
Había algunas cosas que yo tenía clarísimas y quería lograr sí o sí.
Una de ellas era tener una foto con cada mesa. Pensaba que esa sería mi manera de recordar, años después, quiénes habían estado con nosotros ese día. Y sí, entre todo lo que estaba pasando, lo logramos.

Hoy esas fotos tienen todavía más valor porque me permiten regresar a esa noche y recordar a tantas personas que fueron parte de nuestra historia. Algunas desafortunadamente ya no están con nosotros, y otras en ese momento yo ni siquiera ubicaba bien porque, seamos sinceros, en una boda también terminas conociendo a parte de la familia de tu pareja. Ahora veo las fotos y digo:
“¡Ay, mira, el tío Juan vino a nuestra boda!”
Y por eso me alegra tanto haber insistido en tener esa foto con cada mesa.



También tenía muy claro que no quería un menú tradicional de tres tiempos; quería algo más dinámico, con table styling, cortes de carne y una experiencia de comida que también se sintiera especial.
Hasta la fecha, cuando recordamos ese día con amigos y familia, todavía me dicen: “Marce, fue de las mejores comidas que recuerdo en una boda.” Y claro que me da risa, porque detrás de esa cena hubo días de decisiones, ajustes y proveedores tratando de entender exactamente lo que nosotros teníamos en la cabeza.
También preparé una sorpresa para Amau: un video sobre nuestra historia, que todavía pueden ver en el canal de YouTube de Bodas Huatulco. [Ver el video]
La fiesta terminó alrededor de las dos de la mañana y, como si el clima hubiera estado esperando a que termináramos, a esa hora empezó a llover. Mi papá había tenido razón después de todo, jajaja.
Aunque hoy soy muy clara con nuestras parejas: una lluvia no puede determinar el éxito de una boda. El clima no lo controlamos; lo que sí podemos controlar es la planeación, la logística y tener una alternativa lista para que la celebración pueda seguir.
Nos habíamos casado, habíamos disfrutado, nuestros invitados estaban felices y, después de todo lo que había pasado durante la planeación y ese mismo día, nos fuimos a dormir pensando que había valido absolutamente la pena.

Y todavía faltaba otra celebración
Al día siguiente todavía nos esperaba otra fiesta. Teníamos preparados los trajes regionales para muchas de mis amigas y familiares, y conseguir tantos vestidos había sido todo un reto. Mi suegra consiguió peinadoras desde temprano, mientras las tías y parte de la familia se encargaban de preparar la botana. Todo el día se sentía completamente diferente al anterior.
Aunque los dos somos mexicanos, integrar las tradiciones de dos familias también requiere acuerdos, porque cada quien siente muchísimo orgullo por sus costumbres. Ese segundo día era justamente para eso: para darle su espacio a las tradiciones del Istmo y vivirlas como parte de nuestra boda.
Yo me casé con traje de novia istmeña y quisimos que nuestros invitados también vivieran la tradición, así que seguimos el código de vestimenta de las velas: damas, riguroso traje regional; caballeros, guayabera blanca y pantalón negro.



Bailamos sones y vivimos el Mediu Xhiga, que fue divertidísimo porque después una tía convirtió aquello casi en una guerra de familias y, al final, hasta nos dieron más dinero, jajaja.


Pero más allá de la anécdota, fue increíble porque cada botana, cada baile, cada son y cada detalle se les explicaba a nuestros invitados: qué significaba y por qué se hacía de esa manera. Eso hizo que todos pudieran vivir realmente la tradición y no solo verla desde fuera.
Fue una celebración completamente distinta a la del día anterior, pero igual de nuestra.
Y creo que ahí entendimos algo que después sería muy importante en Bodas Huatulco: una boda no tiene que elegir entre una historia y otra. Puede encontrar la manera de integrar ambas y hacer que las dos familias se reconozcan dentro de la celebración.
18 años después
Cuando veo hacia atrás, me doy cuenta de que nuestra boda fue exactamente lo que tenía que ser. Hubo lluvia, imprevistos, proveedores que no siempre entendían lo que queríamos, una llanta ponchada, mesas mal montadas, un novio sin baño… y aun así fue uno de los días más felices de nuestra vida.
Y quizá por eso hoy tengo tan claro algo: una boda no tiene que ser perfecta para ser inolvidable. Lo importante es tener una visión, un buen equipo que sepa resolver y, sobre todo, estar dispuesto a disfrutar lo que realmente está pasando.
Nuestra boda también fue el lugar donde nació Bodas Huatulco. Mientras nosotros comenzábamos nuestra vida como matrimonio, también empezaba otro proyecto que terminaría acompañándonos durante los siguientes 18 años.
Hoy seguimos juntos, seguimos trabajando juntos y seguimos dedicándonos al amor. Y cada vez que acompañamos a una pareja, inevitablemente regreso un poquito a aquella boda de 2008, a todas las preguntas que me hice mientras la organizábamos y a esa frase que hoy repetimos tanto dentro del equipo:
Nos casamos en cada boda.
Porque después de 18 años, sigo creyendo que cada pareja merece vivir su celebración sintiéndose acompañada, entendida y libre para disfrutarla.
Y pensar que todo empezó con una novia complicada… que era yo. 😅








